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martes, 5 de noviembre de 2013

Evaluando al maestro, eligiendo al alumno

Evaluar al maestro podría parecer en principio una contradicción, y de hecho en algunos casos lo es. Pero lo cierto es que desde siempre, pero todavía más en los últimos tiempos, el alumno debe elegir a su maestro, al margen de que el maestro también elija a su alumno.
 
Como el proceso de enseñanza-aprendizaje es uno y mutuo, si el educando no ejerciera su derecho de elección, el resultado sería educativo sería el de "adoctrinamiento", o simplemente el fracaso de la enseñanza, ambas cosas poco deseables en una sociedad democrática (o que aspire a serlo) al menos.

Por supuesto el derecho de evaluar al maestro no es ilimitado y propio de todos. Los menores de edad claramente no está en condiciones de hacerlo. Los adultos, por su parte, tienen la obligación de hacer esta elección cuando buscan una oferta educativa, y aunque lo primero es elegir la institución donde uno aprenderá, cada vez es más normal elegir también los maestros o profesores, ya sea por un proceso perfectamente contemplado en las normas del centro educativo, o informalmente, por el simple "desprecio-aprecio" que a largo plazo van ganando ciertos maestros o profesores como consecuencia de sus actitudes, su profesionalidad, su capacidad para enseñar, su sabiduría, etc.

Así, vemos que en muchas universidades es normal elegir a ciertos profesores dentro de una misma asignatura, y cambiar de profesor o de asignatura en caso de que este no cumpla nuestras expectativas, sin que esto afecte a nuestro currículum académico o a los tiempos calculados para terminar una carrera, ya que está contemplado como una práctica común y reglada.

En el caso de la enseñanza no formal, no académica o que se guía por reglas internas estipuladas por federaciones, asociaciones o grupos, como suele ser la enseñanza deportiva o de las artes marciales, a veces este proceso de elección del profesorado no está contemplado formalmente, pero se hace con la misma o mayor facilidad incluso. Porque evidentemente alguien que paga a una institución privada para aprender algo (club, gimnasio, academia, etc.) y no se siente cómodo con aquel o aquellos que enseñan, simplemente abandona el curso o la clase, deja de pagar y se va.

Como vivimos, la elección es la primera evaluación posible, y no se trata de algo que se hace solamente cuando empezamos una actividad educativa, sino que es un proceso constante, ya que los profesores son personas que (como todos) van cambiando, para bien o para mal. Pero hay que hacer algunas salvedades o aclaraciones sobre cuál es la capacidad de evaluación del alumno de sus profesores, y hasta donde puede llegar.

Debemos recalcar antes que nada lo que dijimos al principio: el proceso educativo es una actividad que atañe tanto a alumnos como a profesores, y esto significa que los profesores y/o las instituciones educativas también eligen a sus alumnos.

En efecto, está claro que no cualquier persona puede acceder a cualquier tipo de educación. Esto muchas veces es lamentable, además de ser un hecho.

Es de lamentar que un "limitador" o "discriminador" de alumnos sea su capacidad económica, por ejemplo. O el simple hecho de haber nacido en determinado país que tiene muy pocas posibilidades de darle una buena oferta educativa. O el tener determinado estatus social, determinados padres, determinada, en fin, suerte o fortuna. Ciertamente si alguien no tiene dinero para pagar unas clases o no tiene un lugar donde poder estudiar, difícilmente podrá aprender. 

Pero otras veces la limitación a cierto tipo de educación es justa y razonable, ya que lo que se persigue es elegir a los mejores entre los candidatos a un cierto tipo de enseñanza.

Para ejemplificar lo anterior, pongamos el caso de las artes marciales. Tradicionalmente el alumno o "discípulo" era elegido por el profesor o "maestro". Al menos esa es la idea que se tiene hoy en día, incluso los que no saben de artes marciales o solamente las conocen por las películas. Sin embargo, lo cierto es que la cosa no era tan sencilla ni tan "unilateral". Por un lado, los maestros tenían muchas razones para elegir a sus alumnos, siendo una de ellas la de la cantidad de alumnos que podían tener si querían realmente dar una buena instrucción. Otra era quizás la necesidad de mantener esos conocimientos marciales, que muchas veces no se limitaban a la "violencia", sino todo lo contrario (meditación, zen, etc.) en el círculo de su familia. 

Esto último nos lleva al tema que más nos interesa: el de la aptitud del alumno o su capacidad de aprender y preservar un arte que al ser en este caso realmente peligroso (la capacidad de matar a alguien) no se le podía enseñar a cualquiera. Es decir, la "elección" del alumno busca garantizar que éste tendrá una cierta capacidad de esfuerzo y de persistencia para aprender, por un lado, y de responsabilidad o "moral" para no aplicar negativamente lo aprendido, o saber aplicarlo bien.

En el caso de la educación universitaria, esas "condiciones y responsabilidades iniciales" que un alumno debe cumplir, se miden con una nota de ingreso. Y así, en muchos países solamente se puede optar a ingresar a ciertas carreras universitarias si se tiene la nota adecuada, siendo la nota más exigente la de la carrera con más "demanda".

Sin embargo, actualmente, la enseñanza de las artes marciales contemporáneas está al mismo nivel que la enseñanza obligatoria en muchos países, y esto para mal. Ahora los límites están marcados muchas veces antes por el dinero que se tiene para poder pagar una clase y por la capacidad de las aulas para albergar alumnos (que no es la misma que la capacidad que tiene un profesor de tener alumnos y atenderlos individualmente a todos, sino mucho mayor). Es decir, la enseñanza se ha masificado, y eso tiene su lado negativo.

Masificar las clases es degradar un sistema educativo, ya que antes que todos tengan una educación mediocre, es preferible trabajar para que todos la tengan de calidad, es decir, "nivelar hacia arriba" no "hacia abajo".
 
Este límite está marcado por la experiencia y/o sabiduría del profesor. Porque un alumno adulto puede evaluar hasta cierto punto la capacidad de un profesor para enseñar en función de sus resultados (de si aprender o de que la mayoría aprenda), pero lo que no puede es juzgar a un profesor sobre conocimientos que él (el propio alumno) no posee. En resumen, no es lógico hablar sobre lo que no se sabe, mucho menos emitir juicios de valor sobre ello.

En la práctica esto significa que un alumno puede estar atento a si las clases que sigue le satisfacen o cubren las expectativas que tiene. Si esto no ocurre (ya sea porque no está buscando lo que el profesor enseña, o porque considera que el profesor no lo enseña de forma adecuada en comparación a otras ofertas educativas) obrará en consecuencia, se cambiará de clase, de curso, etc. Pero mientras lo anterior no ocurra, el alumno dentro de la clase debe respetar la autoridad y la sabiduría del profesor, que nunca deberá cuestionar en público por una cuestión de respeto y de lógica aplastante: se va a una clase para aprender de un profesor, no para intentar enseñarle. 

Y esto también hace referencia a la posibilidad de que no entendamos lo que el profesor explica. Porque esto bien puede ser un problema nuestros y no del profesor. Para salir de dudas sobre si se trata de un problema del profesor o nuestro, solamente hace falta ver o compararse con otros alumnos que tengan nuestros mismos intereses en la clase en cuestión, y si estos alumnos también se sienten defraudados, sin duda o el profesor no explica bien, o la clase no es para nosotros, lo que en la práctica implica lo mismo: no debemos estar ahí, hay que cambiar. 

Esto, que parece una verdad evidente, tautológica, muchos lo pasan por algo. Vemos así que en muchos casos alumnos que se creen "aventajados" se dedican a criticar abierta o subrepticiamente a su profesor. Esta actitud no tiene que ser nunca toleradas por sus compañeros, y mucho menos por el propio profesor si se entera de ella, ya que mina la propia autoridad del que es el responsable de que todos aprendan, y crea un ambiente de "chusmerio" o "marujeo" propio de el mercado, no de una clase a donde se va a aprender. 

Las criticas al profesorado por parte del alumnado son, por cierto, imprescindibles. Si un maestro eligiera a sus alumnos, y estos no pudieran elegir a su maestro, estaríamos hablando de adoctrinamiento, y en algunos casos incluso de fanatismo ciego o esclavitud, algo de lo que se han aprovechado muchos líderes, gurús y tiranos. Pero hay un momento y lugar para todo, incluso para las críticas. Y por eso la evaluación del maestro es algo personal que debe implicar decisiones personales, y no servir nunca para faltar el respeto a aquel que se dedica a enseñar, si es que de verdad se dedica a enseñar, y no a adoctrinar. 

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